Al frente hay una señora sola con ropa de oficina que toma incesantemente su té; sabe que la he visto y que de reojo trato de leerla sin insistir en aquello, y ella reniega en su taza y saca una especie de libreta donde pretende mirar fechas y números como si su gesto fuera creíble. Más allá hay un tipo ejecutivo de negro que lee su periódico, se ve que a nadie espera, se ve que el que nadie lo espere tampoco le importa. En la esquina cercana a mí hay una pareja de mi edad sentados en lados opuestos de su pequeña mesa, tal vez un poco mayores, un poco más frágiles, él usa lentes y viste una bufanda, la tiene tomada de la mano; ella usa lentes, se ve muy recatada de pelo apresado con pinches y trabas, y su mano es la expresión única de cariño que evidenciará en público. A mi lado hay una mujer amarga con un niño pequeño, la mujer no se despega de su celular mientras no deja de dar órdenes casi cuchicheos a gritos al niño que no hace más que estarse quieto, tranquilo, callado del todo, casi enterrado en su tazón de leche que ni se atreve a tomar; miro al niño con pena, con total empatía y apego, me siento él mismo, me pienso en el pobre futuro que le espera, enfrentado a un mundo que no perdona a quién no desea conquistarlo. Se me acerca la joven mesera para preguntarme si deseo algo más, y yo pensaba ya irme pero me arrepiento, la mesera tiene una sonrisa tan dulce que me hace pedirle otro café, ella me vuelve a sonreír. De pronto el hombre de la pareja se pone de pie, le da un beso en la frente a su recatada de lentes, y le pregunta a la mesera por el baño. La señora sola se marcha con su libreta y su nerviosismo y me mira de reojo. El ejecutivo de negro pide otro café y saca una agenda electrónica con la que empieza a teclear. La mujer amarga no deja de hablar por teléfono con su apestoso tono de voz; el niño enterrado en su tazón se pierde mirando por la ventana como tantas veces lo hiciera yo. Y entonces veo a la mujer recatada de lentes que empieza a balbucear algo en solitario mientras su pareja está en el baño, Te amo, dice en secreto y endereza su espalda, pone sus palmas abiertas sobre la mesa y tomando aire repite con suavidad, Te amo, dice otra vez concentradamente, se cerciora de su pelo apresado, de sus pinches y trabas, acomoda sus lentes y por tercera vez repite, Te amo, entonces llega su pareja y ella mira hacia afuera toda roja intentando actuar como si nada hubiera pasado. Yo me quedo ahí esperando de reojo y más invisible que nunca esperando a que todo pase, y el ejecutivo de negro de pronto se pone de pie y se marcha, y la mujer amarga al cabo de otro momento se va también arrastrando el niño que me mira con soledad y dulzura como despidiéndose de mi niñez, y la recatada finalmente nada dice, y hablan de la estupidez del tránsito y de una tal prima Emilia que a él evidentemente no le gusta, y él saca un programa de algo para ir a ver y ella niega y resume sus propios deseos en ver a la tal prima Emilia igual no más, y nada más le confiesa, y finalmente se van. Se repite la historia, uno no dijo nada, luego no queda más que divagar en un solitario café.
Me marcho, la dulce mesera se me acerca y me sonríe nuevamente y yo le devuelvo la sonrisa. Me marcho, quiero contemplar un rato la hojarasca del Parque Forestal.